
De la feria, se convirtió en mi juego favorito la montaña rusa.
No he podido encontrar sustituto a la indescriptible emoción de la caída, esa inmensa marejada que, de súbito, invade el pecho y el abdomen para luego retraerse y ceder su espacio a la sensación contraria: la calma.
Entre vaivenes, subidas y bajadas se experimenta, mediante el juego, aquello en lo que se puede convertir la vida.
A cuanta montaña rusa, en cuanto parque visité, me subí y, si se podía, me bajaba al terminar para subirme nuevamente hasta sumar muchas veces en un día. Visité todos los parques que pude. También monté en mi mente aquellos juegos cuya fama trascendía, ubicados en lugares, incluso épocas, que nunca conocí. Si hubiese podido, hubiera hecho turismo de montañas.
Tanto juego, tanto viaje y tanto ensueño pienso que sirvieron de preparación para los días que hoy vivo, en los que debo mantener la calma mientras monto varias montañas de emociones a la vez al tiempo que, como en aquellos días de esparcimiento, esbozo mi sonrisa.