
«Nunca dejes que el mundo cambie tu sonrisa», recuerdo haber leído varias veces, de un tiempo para acá, en algunos lugares por los que suelo andar.
Seguramente, la primera vez que lo leí, sonreí y pensé que eso no me sucedería a mí.
Sin embargo, después todo cambió: una serie de inconvenientes hizo que mi rostro enmudeciera y, en vez de sonrisa, tuviera de huésped, durante algunos meses, un gesto adusto, hasta sombrío, como el de un burócrata foráneo que se encuentra en un viaje oficial en un país hostil y extraño para él.
No obstante ello, trabajé duramente para regresar a dicho huésped a su lugar de origen, dejando espacio libre en mi rostro, para ser ocupado por gestos más amables.
Sin darme cuenta, el viejo turismo comenzó a regresar, aunque en esta ocasión ya no estaba muy seguro de poder ser yo buen anfitrión.
Pero esta tarde, al gesticular frente a un espejo, me pude dar cuenta, de manera absoluta e indiscutible, que la advertencia se convirtió en sentencia: debido a un accidente neurológico, me es imposible sonreír.
No obstante ello, haber tomado la decisión de recuperarme y no dejarme vencer por esta nueva adversidad, me hizo sentir muy bien. Ello fue motivo para que volviera a sonreír, a pesar de la imposibilidad de hacerlo físicamente.
Así, y aunque técnicamente la vida me haya secuestrado la sonrisa, por dentro lo sigo haciendo.
Entonces me queda la satisfacción de quien algo ha ganado: bajo el rostro parco, aún sonrío. Y ahora, más fuerte que nunca.