Despersonalizado

Fue raro. Me senté a la mesa y, para los otros comensales, no era yo. Pero eso no bastó; para cada cual era yo una persona diferente.

Todo comenzó con la pregunta de mi madre, quien, sentada a mi derecha, me pidió informes sobre mi papá, pensando que era yo mi hijo. Este, por su parte, me saludó con un “Hola, primo”. A mi izquierda se encontraba mi hermana, quien estaba muy interesada en mi nueva vida de casada. Mi sobrina, por su parte, no dejaba de corregirme… como buena madre.

Después llegó el mesero, quien tras decirme “Buenas tardes, diputado”, me extendió el menú de niños. Muy considerado, me lo facilitó en braille.

Al llegar los alimentos, todos procedieron a hacerme preguntas pertinentes para el individuo que, para ellos, era yo. Yo respondía con total naturalidad, sabiendo todas las respuestas. Sin embargo, extrañamente nadie reparaba en el hecho de que mi plática no correspondía exclusivamente a la de una sola persona.

Llegó la cuenta; al querer pagarla, con sorpresa vi que mi consumo había sido ya cubierto por otros tres comensales. Quise corresponder la cortesía y pedí una botella de champaña, que fue cubierta por la casa.

Al salir, el joven del valet me saludó afectuosamente. “¡Qué gusto verla por acá, señora, hace mucho tiempo que no nos visitaba!” fueron sus palabras. Al retirarse, le mandó saludos a “la comadre”.

Cansado de esta tarde de extrañeza, me dirigí a mi casa, con la intención de dormir una buena siesta.

Al llegar, mi cama estaba ocupada: me encontraba yo ahí dormido.

Resignado, decidí ir mejor por un helado.

Me dirigí a una recién abierta heladería, donde esperaba no conocer a nadie. Cerré mis oídos a las palabras de la cajera. Tan solo murmuré un buenas tardes y pedí un cono sencillo sabor vainilla.

No me hicieron caso, en vez de mi elección, me dieron el sabor del día: “Despersonalizado».

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rodrigoderbez

Turista y explorador de lo externo y lo interno.

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