
Con la desventura, Jacinto fue adquiriendo un semblante adusto. Poco a poco fue enmudeciendo, hasta que calló por completo. Comenzó, entonces, un diálogo interno. Soñaba con sonreír de nuevo, pero era tiempo de duelos.
Tenía las lágrimas como escape y, sensible que era, lloraba con frecuencia.
Sin embargo, arreció la adversidad y el vendaval de golpes recibidos tensó aún más su faz. Ello obstruyó sus conductos lagrimales, aunque siguió llorando por dentro.
Sin embargo, las lágrimas, que no hallaban ya salida, se acumularon en una parte de su cara, formando un absceso. Este le produjo un bloqueo neuronal que paralizó su rostro.
Entonces, quedó sin voz, ni llanto, ni gesto. Pero con un coraje dentro que espantaba al mismo miedo.