
A veces me siento y me tomo un café conmigo, mi mejor amigo.
Me gusta hacerlo. Él me escucha, no me juzga, no me oculta nada, me dice siempre lo que piensa y hasta acepta de mí lo que yo repruebo.
Si se lo pido, me da su guía, mas nunca impone su consejo.
Es paciente, comprensivo y siempre tiene buena voluntad para conmigo.
Al terminar cada charla, me quedo tranquilo; sé que voy por buen camino cuando avanzo al lado de mi mejor amigo.