
«Ese día no llovió «, dijo Juan con absoluta certeza. «Lo recuerdo perfectamente porque me sorprendió que, en pleno septiembre, tuviéramos un cielo azul de abril. Más aún, al día siguiente del terremoto».
«Claro que llovió; llovió todo el día. Amaneció lloviendo, y hasta con truenos, y no paró ni un segundo ese martes», replicó Miguel.
«No», dijo Juan. «De hecho, me llamó tanto la atención que saqué fotografías. Deja te las muestro; están en mi drive con todo y fecha y hora. Es más, hace pocos días aparecieron en la pantalla mi teléfono, en la notificación de recuerdos que tiene la app que maneja mis imágenes».
«No me digas», yo también saqué fotografías y no necesito ningún teléfono ni ninguna app para recordarme esa mañana. Basta mi recuerdo de la pesadumbre que sentía… había temblado nuevamente y, ahora, llovía”.
«Ya, ya. Dejen de discutir», interrumpió la abuela, quien se mecía en su mecedora en un rincón de la habitación junto a la hoguera.
«Decían las enseñanzas que el clima, como casi todo lo que nos rodea, es solamente una proyección del estado que guarda nuestro interior. Yo no sé si esto sea cierto, pero sí les puedo decir con certeza lo que atestigüé esa mañana de la cual discuten”.
«Para ti no llovió, Juan, más salió el sol, porque entendiste perfectamente la lección que te dejó el temblor. Yo estuve con ustedes ese día. Recuerdo que esa mañana, bajo el astro que te calentaba, me dijiste que te extrañó tu reacción ante el sismo: tú te enojaste. También recuerdo que te preguntaste el porqué de tu atípica reacción. Me dijiste que, tras haberlo meditarlo durante el día, habías llegado a la conclusión de que lo que tanto te había molestado era tu falta de control ante la vulnerabilidad humana.”
“Tu malestar era tan grande porque tenías el recuerdo de las dos recientes caídas que te habían ocasionado las fuerzas naturales. Habías estado tratando de reconstruir tu mundo, habías puesto tu mejor empeño en ello y la vida se había llevado de dos plumazos todos tus esfuerzos.”
“Pero en esta última ocasión se produjo un cambio positivo en ti; después de pelear toda la vida, terminaste por hacer lo que no querías y, simplemente, aceptaste el mundo como es. Ya no pataleaste, ya no quisiste controlar. Dejaste que tu ego perdiera la batalla… y ganaste.”
“Tú, Miguel, eras más joven; estabas en el punto de salida del que Juan había partido unos años antes. Como él en ese entonces, el día anterior te habías sumado al miedo que imperaba en el ambiente”.
“El día siguiente, estabas abatido y no parabas de quejarte de la vida.”
“Recuerdo claramente tus lamentos. Y también recuerdo que, al mirar el cielo sobre ti… llovía.”