El domingo 50 de marzo

Para Julio

Fue un domingo cualquiera. La ciudad bullía con el trajín de la rutina. Los oficinistas, en las oficinas estábamos; los demás, cada cual en su trabajo.

¿El sol? con paso firme y brillante apuraba el andar a su diario cenit.

Abajo, como todos, Juan.

Estaba herido, ya muy herido. Llevaba encima seis banderillas y un dos de bastos. Tremendos espadazos contaba; al menos tres, más otro tanto.

El torero, gitano rebelde que era, al fallar con la espada, había asestado también con cuchillo.

Sangre por todos lados. Casualmente, el lugar de trabajo se encontraba ahí, casi al lado de la Plaza de Toros México.

Alrededor de las diez de la mañana, sonó el teléfono. Fue su madre… con la noticia le dio el puyazo.

Esto fue un sombrío domingo 50 de marzo.

Los rotos

Arte en vidrio de Simon Berger

Todos estamos rotos.

¿Por qué no partir de ahí? Negar nuestras heridas no nos conduce a nada. Pretender que no nos duelen, no nos cura. Tan solo, ley de vida, nos pone enfrente, una y otra vez, situaciones dolorosas que tienen la intención de que volteemos a ver las grietas que hay en nuestros corazones.

Ello, con el fin de ventilarlas y poder sanarlas. Solo así.

El mendigo de la esquina está roto. Los viudos y los huérfanos también lo están. Quien ha sufrido un desamor, no se diga. Jefes, empleados, jornaleros… a todos en esta vida nos tocan las heridas. Todos las guardamos dentro. Un grito, un fuerte regaño cuando niños, quizá alguno que otro golpe físico. Peleas, burlas y ofensas recibidas. O hechas. Injusticias. Desilusiones….

Así vamos por la vida. Sufriendo uno y otro golpe. Si no es esta, ahora sangra otra herida.

Y heridos caminamos. Intentamos cada día ponernos de pie nuevamente, para volver a caer, a veces varias veces ese mismo día. Hasta que llega la tregua de la noche. Algunos sufren de insomnio. Para ellos ni siquiera en esas horas hay reposo.

Al día siguiente, de regreso a la jornada. Tratamos de ajustar las velas o nos dejamos llevar por la faena. Cerramos los ojos para no sentir. Quisiéramos apagar la mente para no pensar. O, de plano, íntima y penosamente deseamos ya no existir. Quizá este día sea el bueno, quizá sea mi fecha de partida. Quizá se me conceda, al fin, descanso.

Pero las horas avanzan y se van acumulando más dolores. Penas, fatigas, desilusiones. Se contagia el dolor de los hermanos. Luto interno y a cada lado. Gente va cayendo a lo largo del camino. Y yo me pregunto: ¿Hasta cuándo, Señor, hasta cuándo?

Por respuesta solo hallo la de mi propio corazón, que me dice: no pienses, no sientas, no llores… tan solo abraza a tu también roto hermano.

De parálisis y sonrisas

«Nunca dejes que el mundo cambie tu sonrisa», recuerdo haber leído varias veces, de un tiempo para acá, en algunos lugares por los que suelo andar.

Seguramente, la primera vez que lo leí, sonreí y pensé que eso no me sucedería a mí.

Sin embargo, después todo cambió: una serie de inconvenientes hizo que mi rostro enmudeciera y, en vez de sonrisa, tuviera de huésped, durante algunos meses, un gesto adusto, hasta sombrío, como el de un burócrata foráneo que se encuentra en un viaje oficial en un país hostil y extraño para él.

No obstante ello, trabajé duramente para regresar a dicho huésped a su lugar de origen, dejando espacio libre en mi rostro, para ser ocupado por gestos más amables.

Sin darme cuenta, el viejo turismo comenzó a regresar, aunque en esta ocasión ya no estaba muy seguro de poder ser yo buen anfitrión.

Pero esta tarde, al gesticular frente a un espejo, me pude dar cuenta, de manera absoluta e indiscutible, que la advertencia se convirtió en sentencia: debido a un accidente neurológico, me es imposible sonreír.

No obstante ello, haber tomado la decisión de recuperarme y no dejarme vencer por esta nueva adversidad, me hizo sentir muy bien. Ello fue motivo para que volviera a sonreír, a pesar de la imposibilidad de hacerlo físicamente.

Así, y aunque técnicamente la vida me haya secuestrado la sonrisa, por dentro lo sigo haciendo.

Entonces me queda la satisfacción de quien algo ha ganado: bajo el rostro parco, aún sonrío. Y ahora, más fuerte que nunca.

A veces me echo de menos

Photo by Todd Trapani from Pexels

Me sucede de vez en cuando. Cuando divago en mis pensamientos, mientras el mundo sigue su marcha, me olvido de este y se adelanta. Después reacciono y corro para alcanzarlo y montarme en él de nueva cuenta. En la carrera me olvido de mí mismo, y me dejo meciéndome en un columpio.

Al sentir la enajenación que eso causa, vuelven a mí recuerdos de mi adolescencia. Entonces, de mí me acuerdo, volteo la vista y me veo olvidado en los columpios.

Pego luego una carrera nueva, esta vez será de ida y vuelta, voy por mí y me regreso. Vuelvo a estar completo, ya conmigo y sobre el mundo.

La montaña rusa

De la feria, se convirtió en mi juego favorito la montaña rusa.

No he podido encontrar sustituto a la indescriptible emoción de la caída, esa inmensa marejada que, de súbito, invade el pecho y el abdomen para luego retraerse y ceder su espacio a la sensación contraria: la calma.

Entre vaivenes, subidas y bajadas se experimenta, mediante el juego, aquello en lo que se puede convertir la vida.

A cuanta montaña rusa, en cuanto parque visité, me subí y, si se podía, me bajaba al terminar para subirme nuevamente hasta sumar muchas veces en un día. Visité todos los parques que pude. También monté en mi mente aquellos juegos cuya fama trascendía, ubicados en lugares, incluso épocas, que nunca conocí. Si hubiese podido, hubiera hecho turismo de montañas.

Tanto juego, tanto viaje y tanto ensueño pienso que sirvieron de preparación para los días que hoy vivo, en los que debo mantener la calma mientras monto varias montañas de emociones  a la vez al tiempo que, como en aquellos días de esparcimiento, esbozo mi sonrisa.