Volare

Foto de Merve Safa en Pexels: https://www.pexels.com

Me siento en el aire. Llevo ya un buen rato en él.

Al principio, cuando la vida me orilló a emprender el vuelo, el miedo me quiso hacer su presa y paralizar mi acción. Pero el momento me conminaba a extender mis torpes alas y comenzar a volar hacia lo desconocido.

Recuerdo perfectamente el panorama y la sensación que me causó: el vacío frente a mí y su enormidad vació a su vez mi tibio pecho, dejando un enorme hueco frío bajo mi esternón.

Pero nada: había que volar. El estancamiento era insoportable. Volar, morir o vivir una vez más el infierno del hastío, y la ansiedad y desesperación que trae consigo.

Me solté: el viento en contra de la adversidad fue mi amigo y me permitió sostenerme durante mis primeros aletazos. Y, de repente, sin siquiera percatarme ya estaba yo volando; sin plan de vuelo, el viento amigo me fue guiando… llevando.

La certeza es tierra firme que cobija y da seguridad. La incertidumbre es un inconmensurable cielo ciertamente aterrador.

Pero una vez que la vida te ha orillado a emprender el vuelo, so pena de hacerlo o vivir en el averno, pasan los días, las semanas, los meses e, impensadamente, sumas ya aéreos años.

Un buen día, asombrado, te das cuenta de que continúas volando: la incertidumbre no se ha ido, pero esta vez te sientes libre, cómodo y seguro. El pecho se ha llenado… el miedo se ha desvanecido.

Los vivos y los muertos

Foto de Viridiana O Rivera: https://www.pexels.com/es-es/foto/dia-de-muertos-11556338/

Los vivos preparamos sándwiches de pastrami para el desayuno. Ponemos altares a los muertos y nos contagiamos del espíritu festivo de las tradiciones. Los vivos nos emocionamos con cosas muy sencillas. Nos levantamos esperanzados y con buen humor sonreímos a la vida. Al sol le damos los buenos días. Asombrados contemplamos atardeceres y nos regocijamos con la belleza negra de la noche. Satisfechos con la jornada nos vamos a la cama a descansar y esperar despreocupados el mañana.

Los muertos nos alimentamos con cualquier cosa. Unas quesadillas de microondas y unas cuantas chelas nos sirven de sustento para ir sobremuriendo. Nos enferman los festejos populares y somos sabuesos para encontrar en cualquier cosa algo malo. La risa ajena nos hiere, la luz nos desgarra las entrañas.

Esto lo sé de cierto porque hoy estoy bien vivo y hace unos años estuve muerto.

El temblor y la lluvia

«Ese día no llovió «, dijo Juan con absoluta certeza. «Lo recuerdo perfectamente porque me sorprendió que, en pleno septiembre, tuviéramos un cielo azul de abril. Más aún, al día siguiente del terremoto».

«Claro que llovió; llovió todo el día. Amaneció lloviendo, y hasta con truenos, y no paró ni un segundo ese martes», replicó Miguel.

«No», dijo Juan. «De hecho, me llamó tanto la atención que saqué fotografías. Deja te las muestro; están en mi drive con todo y fecha y hora. Es más, hace pocos días aparecieron en la pantalla mi teléfono, en la notificación de recuerdos que tiene la app que maneja mis imágenes».

«No me digas», yo también saqué fotografías y no necesito ningún teléfono ni ninguna app para recordarme esa mañana. Basta mi recuerdo de la pesadumbre que sentía… había temblado nuevamente y, ahora, llovía”.

«Ya, ya. Dejen de discutir», interrumpió la abuela, quien se mecía en su mecedora en un rincón de la habitación junto a la hoguera.

«Decían las enseñanzas que el clima, como casi todo lo que nos rodea, es solamente una proyección del estado que guarda nuestro interior. Yo no sé si esto sea cierto, pero sí les puedo decir con certeza lo que atestigüé esa mañana de la cual discuten”.

«Para ti no llovió, Juan, más salió el sol, porque entendiste perfectamente la lección que te dejó el temblor. Yo estuve con ustedes ese día. Recuerdo que esa mañana, bajo el astro que te calentaba, me dijiste que te extrañó tu reacción ante el sismo: tú te enojaste. También recuerdo que te preguntaste el porqué de tu atípica reacción. Me dijiste que, tras haberlo meditarlo durante el día, habías llegado a la conclusión de que lo que tanto te había molestado era tu falta de control ante la vulnerabilidad humana.”

“Tu malestar era tan grande porque tenías el recuerdo de las dos recientes caídas que te habían ocasionado las fuerzas naturales. Habías estado tratando de reconstruir tu mundo, habías puesto tu mejor empeño en ello y la vida se había llevado de dos plumazos todos tus esfuerzos.”

“Pero en esta última ocasión se produjo un cambio positivo en ti; después de pelear toda la vida, terminaste por hacer lo que no querías y, simplemente, aceptaste el mundo como es. Ya no pataleaste, ya no quisiste controlar. Dejaste que tu ego perdiera la batalla… y ganaste.”

“Tú, Miguel, eras más joven; estabas en el punto de salida del que Juan había partido unos años antes. Como él en ese entonces, el día anterior te habías sumado al miedo que imperaba en el ambiente”.

 “El día siguiente, estabas abatido y no parabas de quejarte de la vida.”

“Recuerdo claramente tus lamentos. Y también recuerdo que, al mirar el cielo sobre ti… llovía.”

And We Plow

From kindergarten to the graveyard,

We plow.

Up the hill, and downwards too,

We plow.

Wishing to grow older,

Begging later not to age,

We plow.

Reaching for the sky

While flirting with the Demon,

We plow.

Praying, vowing and going wrong,

We plow.

Giving up our best,

Leaving to fate the rest,

We get swollen wrists and ankles,

And we plow.

Our hands and feet get soiled

As we reach the final hour

When we will turn our heads around

To find amused all that we have plowed.

Crippled

Foto de Anna Shvets en Pexels

Crippled, we embrace each other;

We hold ourselves together.

Standing beneath,

We can still walk forward,

Moving ahead in this life.

No veas mi pierna herida,

Tampoco veas la tuya,

Ve mi pierna fuerte,

Y tu sana extremidad.

Esta es la mejor forma en que podemos avanzar.

No veas mi mente iridiscente,

Ni tu corazón cardiaco.

Those are just details.

They may be part of us,

But they’re just a little piece.

 Instead, we’ve got our human great asset.

El paraíso

 

No recuerdo el paraíso, pero sé que he estado ahí una y otra vez. Y tú has estado ahí conmigo. Y también sin mí.

¿Acaso tú recuerdas cómo es?

Solo sé que ahí reímos y gozamos. Que recordamos lo que habíamos vivido y, en una decisión valiente, nos tomamos de la mano y pactamos: «Vamos a la vida otra vez; tú me cuidas y yo te cuido a ti».

Mi mejor amigo

Foto de cottonbro en Pexels

A veces me siento y me tomo un café conmigo, mi mejor amigo.

Me gusta hacerlo. Él me escucha, no me juzga, no me oculta nada, me dice siempre lo que piensa y hasta acepta de mí lo que yo repruebo.

Si se lo pido, me da su guía, mas nunca impone su consejo.

Es paciente, comprensivo y siempre tiene buena voluntad para conmigo.

Al terminar cada charla, me quedo tranquilo; sé que voy por buen camino cuando avanzo al lado de mi mejor amigo.

Música de arena

Foto de Sini en Pexels

Hace algún tiempo quise cultivar lavanda. Pensé que hacerlo no sería tan difícil.

No sabía que, al tratar de cultivarla, habría de cuidar también una cactácea.

Ciento veinticinco días en lo árido… me aguardaban muchos más.

Sabía cultivar en campo, mas no en desierto.

Sabía de tormentas, pero no de arena.

Sabía de lluvia y tempestad, pero nada de sequía.

Sabía de horas y semanas, no de inacabables días.

Sabía de ciclos de la luna, mas nada de los astros.

Sabía… según yo, sabía pero, en realidad, poco o nada yo sabía.

Aguardaba un poco ansioso la cosecha; esta no se dio.

¿Qué hago ahora con mi hoz y con mi arado?

Haré lo que se me ocurra.

Quizá me tumbe a la sombra de algún cactus a esperar la lluvia.

Quizá trate de aprender astrología.

O quizá, tan solo, toque música de arena.

El departamento de vidas perdidas

Cuando llegué al departamento de vidas perdidas, me dijeron un par de cosas que nunca olvidaré.

La primera fue que tenía que cambiar. Su argumento era irrefutable: mis mejores ideas me habían conducido hasta ese lugar.

La segunda fue que ellos me iban a querer, en tanto yo aprendía a hacerlo.

Unas semanas después, con mi vida puesta nuevamente entre mis manos, aunque en calidad de consignación, llegué a casa. Me recosté un rato en una cama y comencé a meditar sobre lo que recién me habían dicho.

«Muy bien», pensé. «Entonces, no me quiero», concedí. «Luego, lo que tengo que hacer es quererme». «Está bien», accedí.

Y, en ese momento, me surgieron dos preguntas: ¿A quién debía querer?, ¿Quién era yo?

“¡Madres!”, pensé con asombro al darme cuenta, en ese preciso instante, de que no tenía la menor idea de la respuesta.

Entonces, comencé a repasar la historia de mi vida. Había sido todo: rocker, fresa, banda, yuppie y hasta intento de hippie, entre otros.

Recordé un viejo edificio que años antes solía contemplar, entre intrigado y divertido, que había sido construido en diferentes etapas y con todo tipo de materiales; vidrio, cemento, ladrillo, block, acero y madera formaban parte de su sui géneris estructura.

Pensé que aquel inmueble bien podría ser yo. Entonces, especulé que lo que tendría que hacer sería derruirme, hasta llegar a los cimientos para, posteriormente, poderme reconstruir. Esta vez, de manera sólida y congruente.

Así fue como comencé el viaje a mi interior. Ideé la siguiente estrategia: comenzaría por analizar mi personalidad en aquel momento, tratando de entender quién era (o quién creía que era) y cómo había llegado ahí. Al mismo tiempo, haría una reconstrucción cronológica de mi vida, partiendo del momento de mi nacimiento hasta llegar al tiempo en que coincidiera con el análisis regresivo. Pensé que quizá en el punto en que se juntaran ambos caminos, podría encontrarme a mí mismo y saber quién era en realidad.

Comencé a trabajar denodadamente en esto. El primer resultado no tardó en llegar. Bastó un rápido análisis para darme cuenta de que me había quedado atorado entre los catorce y los diecisiete años.

Sin embargo, aunque logré ubicar con relativa rapidez el tiempo de mi extravío, tuvieron que pasar muchos, muchos años para que pudiera volver a mí y, así, empezar a quererme nuevamente.

Rebelde con causa

Yo no era rebelde. Al contrario, era sumamente bien portado. Hasta estrellitas me ponían en la frente. O quizá sí lo era, pero no tenía necesidad de comportarme de esa forma.

Después, las cosas cambiaron y esa parte de mi naturaleza afloró. Pero tampoco era moderado. De eso sí tenía total carencia. Entonces, una vez que la rebeldía fluyó de mi interior hacia fuera de mi piel, posiblemente fue excesiva. Mas no me identificaba con el nombre de la famosa película; yo sí tenía causa. O causas.

Viví mucho tiempo de esta manera. Muchos sucesos ocurrieron y, después de algunos buenos golpes, quise volver al redil. Intenté ser manso y obediente nuevamente. Esta vez, por elección. Pero no me funcionó: aquellas causas en las que creí y cuyas enseñanzas quise practicar solo me produjeron descalabros.

De este modo, me volví a volver rebelde. Sumamente enojado, rompí con todo. De repente, me vi parado en medio de la nada, sin causa en la cual creer ni senderos por seguir. Pero no me sentía del todo extraviado. Quizá solitario y algo atolondrado. Busqué algún nuevo norte, mas no lo encontré. Intenté, entonces, tan solo sobrevivir.

Fue entonces cuando hallé un nuevo camino: mi camino, el que me funciona a mí. Nunca, en toda mi vida como adulto, me había sentido tan seguro.

A veces reculo e intento transitar por alguna vieja vereda, pero, afortunadamente, siempre que lo hago, pasa algo que me regresa a mí.