Con la desventura, Jacinto fue adquiriendo un semblante adusto. Poco a poco fue enmudeciendo, hasta que calló por completo. Comenzó, entonces, un diálogo interno. Soñaba con sonreír de nuevo, pero era tiempo de duelos.
Tenía las lágrimas como escape y, sensible que era, lloraba con frecuencia.
Sin embargo, arreció la adversidad y el vendaval de golpes recibidos tensó aún más su faz. Ello obstruyó sus conductos lagrimales, aunque siguió llorando por dentro.
Sin embargo, las lágrimas, que no hallaban ya salida, se acumularon en una parte de su cara, formando un absceso. Este le produjo un bloqueo neuronal que paralizó su rostro.
Entonces, quedó sin voz, ni llanto, ni gesto. Pero con un coraje dentro que espantaba al mismo miedo.
“Levante la mano quien quiere ser feliz”, fue la voz de mando de la maestra en alguna clase que tomé en la universidad.
De inmediato se accionaran, como resortes, todos los bíceps… menos uno: el mío.
Cursaba los estudios superiores y no me interesaba en absoluto ser feliz. Pero tenía una razón de peso para ello: mi búsqueda era muchísimo más ambiciosa; yo iba en pos de la verdad.
Pensaba que, de no saberla, podría desperdiciar mi vida en esfuerzos que terminaran siendo vanos, y no quería sentir la enorme sensación de vacío que intuía que me causaría tal futilidad.
Además, en caso de lograr ser feliz en esas condiciones, mi supuesta felicidad muy probablemente sería falsa y, si bien no quería exponerme a sentir ningún vacío, mucho menos quería correr el riesgo de sufrir la desilusión de la alegría al final de mis días, suponiendo que en ese momento llegara alguna hora de la verdad.
Por ello, consideraba que era mejor saber de una buena vez cuál era la realidad de todo, por dura que esta fuera, para vivir basado en ello y no en erróneas ilusiones.
De esta forma, mantuve mi brazo abajo, ante mi asombro al ver el resto de los brazos levantados, instante que no se me olvida.
Me sentí bicho raro. Sin embargo, mi pasiva respuesta pasó inadvertida, incluso para la propia maestra. Pero qué bueno que fue así; si bien yo no comprendía la búsqueda de mis compañeros, muy posiblemente ellos tampoco hubieran entendido la mía.
Hay un limosnero en Avenida de la Paz y Revolución, San Ángel.
Es un hombre de avanzada edad, le calculo setenta y tantos. Su joroba sugiere que lleva la vida a cuestas.
Va, anda, pasa. Pide limosna de manera muy discreta. No dice una sola palabra, bastan su presencia y su suave forma de mirar.
Generalmente, tiene la mirada perdida, lo que me hace pensar que su vida está en otra parte. Sin embargo, está presente: corresponde con creces a una sonrisa… y continúa sin proferir palabra.
Algunas amigas mías le temen; a mi me parece un ángel olvidado, desde hace años, aquí en la Tierra.
Hay un Starbucks una cuadra abajo, en Avenida de la Paz e Insurgentes.
Varias veces he encontrado ahí a un hombre solitario. Es pacífico y siempre está aislado, pero se le ve gozoso.
Con calma, bebe su café. A veces, hojea el periódico.
Su indumentaria no la recuerdo, me pasa inadvertida. Acaso resalta su físico, pero lo que más llama mi atención es el hecho de que, cuando no es tiempo de pedir limosna, lo es de disfrutar la vida.
Uno me regaña todo el santo día; otro, el más sensato, se preocupa por las cosas que hago. Y el tercero, que es el más alivianado, se divierte conmigo a cada rato.
El caminante sobre el mar de nubes, 1818 – Caspar David Friedrich
Estábamos en prepa y yo ya me la pasaba meditando sobre lo absurdo que me parecían muchas cosas. Desde entonces captaba que, al final de cuentas, vendría la muerte, por lo que casi todo era solo vanidad.
El poder no me interesaba; el dinero, tampoco. ¿Estudiar una carrera? ¿Para qué? ¿Para perder mi vida dedicado a una profesión nomás porque era lo que debía? Eso estaba peor; de todos modos al final me iba a morir, pero después de llevar una vida aburridísima.
De cualquier modo, ahí como podía, cumplía con mis deberes de estudiante; iba a la escuela, medio tomaba las clases, intentaba poner atención en las mismas y trataba de cumplir con las tareas y los trabajos. ¿Y los exámenes? Esos también procuraba pasarlos como Dios me diera a entender
Creo que mi único verdadero interés escolar era seguir adelante, llegar al final y graduarme… aunque tampoco entendiera para qué.
Pero sí aprendí grandes enseñanzas que fueron los faros que me guiaron en la noche oscura de mis días.
Aunque no fui buen estudiante en términos ortodoxos, lo que tenía que aprender lo hice correctamente. Básicamente fueron las clases de literatura las que me dieron luz y me guiaron.
Mi primer gran recuerdo es un poema sobre Gonzalo de Berceo, que se refiere a él como “poeta y campesino”. Me invitó a vivir la vida guiado por el corazón y de manera sobria, sencilla.
Después llegaron las “Coplas de Jorge Manrique a la muerte de su padre”, que reforzaron mi entendimiento de nuestro efímero y veloz paso por este mundo, y la vanidad de tantas cosas.
Posteriormente, me atrajeron Tristán Tzara, quien me enseñó a divertirme con lo absurdo, y José Gorostiza, cuyo poema “Muerte sin fin” si bien nunca comprendí, sí pude sentir.
Al final, creo, cerró Ortega y Gasset, quien con su frase: “Yo soy yo y mis circunstancias”, me dejó reflexionando tantos años sobre el tema.
Pero el mayor chispazo vino cuando nos estaban enseñando el movimiento del Romanticismo y la maestra mencionó a Bécquer.
Si no recuerdo mal, en esa lección la profesora comentó que los autores románticos decidieron vivir la vida cruda, para poder escribir con conocimiento de causa sobre ella. Que, con ese fin, se adentraban en los más bajos lugares y convivían con gente de también baja ralea.
En ese instante, la maestra capturó por completo mi atención y pensé: “¡Bingo! Eso es lo que quiero. Quiero ser un romántico en silencio”