Rebelde con causa

Yo no era rebelde. Al contrario, era sumamente bien portado. Hasta estrellitas me ponían en la frente. O quizá sí lo era, pero no tenía necesidad de comportarme de esa forma.

Después, las cosas cambiaron y esa parte de mi naturaleza afloró. Pero tampoco era moderado. De eso sí tenía total carencia. Entonces, una vez que la rebeldía fluyó de mi interior hacia fuera de mi piel, posiblemente fue excesiva. Mas no me identificaba con el nombre de la famosa película; yo sí tenía causa. O causas.

Viví mucho tiempo de esta manera. Muchos sucesos ocurrieron y, después de algunos buenos golpes, quise volver al redil. Intenté ser manso y obediente nuevamente. Esta vez, por elección. Pero no me funcionó: aquellas causas en las que creí y cuyas enseñanzas quise practicar solo me produjeron descalabros.

De este modo, me volví a volver rebelde. Sumamente enojado, rompí con todo. De repente, me vi parado en medio de la nada, sin causa en la cual creer ni senderos por seguir. Pero no me sentía del todo extraviado. Quizá solitario y algo atolondrado. Busqué algún nuevo norte, mas no lo encontré. Intenté, entonces, tan solo sobrevivir.

Fue entonces cuando hallé un nuevo camino: mi camino, el que me funciona a mí. Nunca, en toda mi vida como adulto, me había sentido tan seguro.

A veces reculo e intento transitar por alguna vieja vereda, pero, afortunadamente, siempre que lo hago, pasa algo que me regresa a mí.

El coraje que espantaba al miedo

Imagen CC0

Con la desventura, Jacinto fue adquiriendo un semblante adusto. Poco a poco fue enmudeciendo, hasta que calló por completo. Comenzó, entonces, un diálogo interno. Soñaba con sonreír de nuevo, pero era tiempo de duelos.

Tenía las lágrimas como escape y, sensible que era, lloraba con frecuencia.

Sin embargo, arreció la adversidad y el vendaval de golpes recibidos tensó aún más su faz. Ello obstruyó sus conductos lagrimales, aunque siguió llorando por dentro.

Sin embargo, las lágrimas, que no hallaban ya salida, se acumularon en una parte de su cara, formando un absceso. Este le produjo un bloqueo neuronal que paralizó su rostro.

Entonces, quedó sin voz, ni llanto, ni gesto. Pero con un coraje dentro que espantaba al mismo miedo.

Levante la mano quien quiere ser feliz (Red pill, blue pill)

“Levante la mano quien quiere ser feliz”, fue la voz de mando de la maestra en alguna clase que tomé en la universidad.

De inmediato se accionaran, como resortes, todos los bíceps… menos uno: el mío.

Cursaba los estudios superiores y no me interesaba en absoluto ser feliz. Pero tenía una razón de peso para ello: mi búsqueda era muchísimo más ambiciosa; yo iba en pos de la verdad.

Pensaba que, de no saberla, podría desperdiciar mi vida en esfuerzos que terminaran siendo vanos, y no quería sentir la enorme sensación de vacío que intuía que me causaría tal futilidad.

Además, en caso de lograr ser feliz en esas condiciones, mi supuesta felicidad muy probablemente sería falsa y, si bien no quería exponerme a sentir ningún vacío, mucho menos quería correr el riesgo de sufrir la desilusión de la alegría al final de mis días, suponiendo que en ese momento llegara alguna hora de la verdad.

Por ello, consideraba que era mejor saber de una buena vez cuál era la realidad de todo, por dura que esta fuera, para vivir basado en ello y no en erróneas ilusiones.

De esta forma, mantuve mi brazo abajo, ante mi asombro al ver el resto de los brazos levantados, instante que no se me olvida.

Me sentí bicho raro. Sin embargo, mi pasiva respuesta pasó inadvertida, incluso para la propia maestra. Pero qué bueno que fue así; si bien yo no comprendía la búsqueda de mis compañeros, muy posiblemente ellos tampoco hubieran entendido la mía.

El ángel olvidado

Hay un limosnero en Avenida de la Paz y Revolución, San Ángel.

Es un hombre de avanzada edad, le calculo setenta y tantos. Su joroba sugiere que lleva la vida a cuestas.

Va, anda, pasa. Pide limosna de manera muy discreta. No dice una sola palabra, bastan su presencia y su suave forma de mirar.

Generalmente, tiene la mirada perdida, lo que me hace pensar que su vida está en otra parte. Sin embargo, está presente: corresponde con creces a una sonrisa… y continúa sin proferir palabra.

Algunas amigas mías le temen; a mi me parece un ángel olvidado, desde hace años, aquí en la Tierra.

Hay un Starbucks una cuadra abajo, en Avenida de la Paz e Insurgentes.

Varias veces he encontrado ahí a un hombre solitario. Es pacífico y siempre está aislado, pero se le ve gozoso.

Con calma, bebe su café. A veces, hojea el periódico.

Su indumentaria no la recuerdo, me pasa inadvertida. Acaso resalta su físico, pero lo que más llama mi atención es el hecho de que, cuando no es tiempo de pedir limosna, lo es de disfrutar la vida.

(c. 2008)

Despersonalizado

Fue raro. Me senté a la mesa y, para los otros comensales, no era yo. Pero eso no bastó; para cada cual era yo una persona diferente.

Todo comenzó con la pregunta de mi madre, quien, sentada a mi derecha, me pidió informes sobre mi papá, pensando que era yo mi hijo. Este, por su parte, me saludó con un “Hola, primo”. A mi izquierda se encontraba mi hermana, quien estaba muy interesada en mi nueva vida de casada. Mi sobrina, por su parte, no dejaba de corregirme… como buena madre.

Después llegó el mesero, quien tras decirme “Buenas tardes, diputado”, me extendió el menú de niños. Muy considerado, me lo facilitó en braille.

Al llegar los alimentos, todos procedieron a hacerme preguntas pertinentes para el individuo que, para ellos, era yo. Yo respondía con total naturalidad, sabiendo todas las respuestas. Sin embargo, extrañamente nadie reparaba en el hecho de que mi plática no correspondía exclusivamente a la de una sola persona.

Llegó la cuenta; al querer pagarla, con sorpresa vi que mi consumo había sido ya cubierto por otros tres comensales. Quise corresponder la cortesía y pedí una botella de champaña, que fue cubierta por la casa.

Al salir, el joven del valet me saludó afectuosamente. “¡Qué gusto verla por acá, señora, hace mucho tiempo que no nos visitaba!” fueron sus palabras. Al retirarse, le mandó saludos a “la comadre”.

Cansado de esta tarde de extrañeza, me dirigí a mi casa, con la intención de dormir una buena siesta.

Al llegar, mi cama estaba ocupada: me encontraba yo ahí dormido.

Resignado, decidí ir mejor por un helado.

Me dirigí a una recién abierta heladería, donde esperaba no conocer a nadie. Cerré mis oídos a las palabras de la cajera. Tan solo murmuré un buenas tardes y pedí un cono sencillo sabor vainilla.

No me hicieron caso, en vez de mi elección, me dieron el sabor del día: “Despersonalizado».

El domingo 50 de marzo

Para Julio

Fue un domingo cualquiera. La ciudad bullía con el trajín de la rutina. Los oficinistas, en las oficinas estábamos; los demás, cada cual en su trabajo.

¿El sol? con paso firme y brillante apuraba el andar a su diario cenit.

Abajo, como todos, Juan.

Estaba herido, ya muy herido. Llevaba encima seis banderillas y un dos de bastos. Tremendos espadazos contaba; al menos tres, más otro tanto.

El torero, gitano rebelde que era, al fallar con la espada, había asestado también con cuchillo.

Sangre por todos lados. Casualmente, el lugar de trabajo se encontraba ahí, casi al lado de la Plaza de Toros México.

Alrededor de las diez de la mañana, sonó el teléfono. Fue su madre… con la noticia le dio el puyazo.

Esto fue un sombrío domingo 50 de marzo.

The Strength Of Your Soul (The Storm)

And when the storm is gone,

you’ll wake up and wonder,

how strong are your feathers,

how strong is your soul.

You’ll stare at your wings,

all broken and wet,

and question yourself,

whether you’re be able to mend them,

and keep on with your fight.

New heavens await you,

new skies to explore,

new horizons to fly.

You’ve got the courage,

you’ve got the heart and the strength,

so pick up your pieces my friend.

Hold on to yourself,

trust in your power,

trust in yourself,

and go ahead with your flight.

Los rotos

Arte en vidrio de Simon Berger

Todos estamos rotos.

¿Por qué no partir de ahí? Negar nuestras heridas no nos conduce a nada. Pretender que no nos duelen, no nos cura. Tan solo, ley de vida, nos pone enfrente, una y otra vez, situaciones dolorosas que tienen la intención de que volteemos a ver las grietas que hay en nuestros corazones.

Ello, con el fin de ventilarlas y poder sanarlas. Solo así.

El mendigo de la esquina está roto. Los viudos y los huérfanos también lo están. Quien ha sufrido un desamor, no se diga. Jefes, empleados, jornaleros… a todos en esta vida nos tocan las heridas. Todos las guardamos dentro. Un grito, un fuerte regaño cuando niños, quizá alguno que otro golpe físico. Peleas, burlas y ofensas recibidas. O hechas. Injusticias. Desilusiones….

Así vamos por la vida. Sufriendo uno y otro golpe. Si no es esta, ahora sangra otra herida.

Y heridos caminamos. Intentamos cada día ponernos de pie nuevamente, para volver a caer, a veces varias veces ese mismo día. Hasta que llega la tregua de la noche. Algunos sufren de insomnio. Para ellos ni siquiera en esas horas hay reposo.

Al día siguiente, de regreso a la jornada. Tratamos de ajustar las velas o nos dejamos llevar por la faena. Cerramos los ojos para no sentir. Quisiéramos apagar la mente para no pensar. O, de plano, íntima y penosamente deseamos ya no existir. Quizá este día sea el bueno, quizá sea mi fecha de partida. Quizá se me conceda, al fin, descanso.

Pero las horas avanzan y se van acumulando más dolores. Penas, fatigas, desilusiones. Se contagia el dolor de los hermanos. Luto interno y a cada lado. Gente va cayendo a lo largo del camino. Y yo me pregunto: ¿Hasta cuándo, Señor, hasta cuándo?

Por respuesta solo hallo la de mi propio corazón, que me dice: no pienses, no sientas, no llores… tan solo abraza a tu también roto hermano.