
Yo no era rebelde. Al contrario, era sumamente bien portado. Hasta estrellitas me ponían en la frente. O quizá sí lo era, pero no tenía necesidad de comportarme de esa forma.
Después, las cosas cambiaron y esa parte de mi naturaleza afloró. Pero tampoco era moderado. De eso sí tenía total carencia. Entonces, una vez que la rebeldía fluyó de mi interior hacia fuera de mi piel, posiblemente fue excesiva. Mas no me identificaba con el nombre de la famosa película; yo sí tenía causa. O causas.
Viví mucho tiempo de esta manera. Muchos sucesos ocurrieron y, después de algunos buenos golpes, quise volver al redil. Intenté ser manso y obediente nuevamente. Esta vez, por elección. Pero no me funcionó: aquellas causas en las que creí y cuyas enseñanzas quise practicar solo me produjeron descalabros.
De este modo, me volví a volver rebelde. Sumamente enojado, rompí con todo. De repente, me vi parado en medio de la nada, sin causa en la cual creer ni senderos por seguir. Pero no me sentía del todo extraviado. Quizá solitario y algo atolondrado. Busqué algún nuevo norte, mas no lo encontré. Intenté, entonces, tan solo sobrevivir.
Fue entonces cuando hallé un nuevo camino: mi camino, el que me funciona a mí. Nunca, en toda mi vida como adulto, me había sentido tan seguro.
A veces reculo e intento transitar por alguna vieja vereda, pero, afortunadamente, siempre que lo hago, pasa algo que me regresa a mí.






