Y así comenzó mi aventura

El caminante sobre el mar de nubes, 1818 – Caspar David Friedrich

Estábamos en prepa y yo ya me la pasaba meditando sobre lo absurdo que me parecían muchas cosas. Desde entonces captaba que, al final de cuentas, vendría la muerte, por lo que casi todo era solo vanidad.

El poder no me interesaba; el dinero, tampoco. ¿Estudiar una carrera? ¿Para qué? ¿Para perder mi vida dedicado a una profesión nomás porque era lo que debía? Eso estaba peor; de todos modos al final me iba a morir, pero después de llevar una vida aburridísima.

De cualquier modo, ahí como podía, cumplía con mis deberes de estudiante; iba a la escuela, medio tomaba las clases, intentaba poner atención en las mismas y trataba de cumplir con las tareas y los trabajos. ¿Y los exámenes? Esos también procuraba pasarlos como Dios me diera a entender

Creo que mi único verdadero interés escolar era seguir adelante, llegar al final y graduarme… aunque tampoco entendiera para qué.

Pero sí aprendí grandes enseñanzas que fueron los faros que me guiaron en la noche oscura de mis días.

Aunque no fui buen estudiante en términos ortodoxos, lo que tenía que aprender lo hice correctamente. Básicamente fueron las clases de literatura las que me dieron luz y me guiaron.

Mi primer gran recuerdo es un poema sobre Gonzalo de Berceo, que se refiere a él como “poeta y campesino”. Me invitó a vivir la vida guiado por el corazón y de manera sobria, sencilla.

Después llegaron las “Coplas de Jorge Manrique a la muerte de su padre”, que reforzaron mi entendimiento de nuestro efímero y veloz paso por este mundo, y la vanidad de tantas cosas.

Posteriormente, me atrajeron Tristán Tzara, quien me enseñó a divertirme con lo absurdo, y José Gorostiza, cuyo poema “Muerte sin fin” si bien nunca comprendí, sí pude sentir.

Al final, creo, cerró Ortega y Gasset, quien con su frase: “Yo soy yo y mis circunstancias”, me  dejó reflexionando tantos años sobre el tema.

Pero el mayor chispazo vino cuando nos estaban enseñando el movimiento del Romanticismo y la maestra mencionó a Bécquer.

Si no recuerdo mal, en esa lección la profesora comentó que los autores románticos decidieron vivir la vida cruda, para poder escribir con conocimiento de causa sobre ella. Que, con ese fin, se adentraban en los más bajos lugares y convivían con gente de también baja ralea.

En ese instante, la maestra capturó por completo mi atención y pensé: “¡Bingo! Eso es lo que quiero. Quiero ser un romántico en silencio”

Y así comenzó mi aventura.

De parálisis y sonrisas

«Nunca dejes que el mundo cambie tu sonrisa», recuerdo haber leído varias veces, de un tiempo para acá, en algunos lugares por los que suelo andar.

Seguramente, la primera vez que lo leí, sonreí y pensé que eso no me sucedería a mí.

Sin embargo, después todo cambió: una serie de inconvenientes hizo que mi rostro enmudeciera y, en vez de sonrisa, tuviera de huésped, durante algunos meses, un gesto adusto, hasta sombrío, como el de un burócrata foráneo que se encuentra en un viaje oficial en un país hostil y extraño para él.

No obstante ello, trabajé duramente para regresar a dicho huésped a su lugar de origen, dejando espacio libre en mi rostro, para ser ocupado por gestos más amables.

Sin darme cuenta, el viejo turismo comenzó a regresar, aunque en esta ocasión ya no estaba muy seguro de poder ser yo buen anfitrión.

Pero esta tarde, al gesticular frente a un espejo, me pude dar cuenta, de manera absoluta e indiscutible, que la advertencia se convirtió en sentencia: debido a un accidente neurológico, me es imposible sonreír.

No obstante ello, haber tomado la decisión de recuperarme y no dejarme vencer por esta nueva adversidad, me hizo sentir muy bien. Ello fue motivo para que volviera a sonreír, a pesar de la imposibilidad de hacerlo físicamente.

Así, y aunque técnicamente la vida me haya secuestrado la sonrisa, por dentro lo sigo haciendo.

Entonces me queda la satisfacción de quien algo ha ganado: bajo el rostro parco, aún sonrío. Y ahora, más fuerte que nunca.

A veces me echo de menos

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Me sucede de vez en cuando. Cuando divago en mis pensamientos, mientras el mundo sigue su marcha, me olvido de este y se adelanta. Después reacciono y corro para alcanzarlo y montarme en él de nueva cuenta. En la carrera me olvido de mí mismo, y me dejo meciéndome en un columpio.

Al sentir la enajenación que eso causa, vuelven a mí recuerdos de mi adolescencia. Entonces, de mí me acuerdo, volteo la vista y me veo olvidado en los columpios.

Pego luego una carrera nueva, esta vez será de ida y vuelta, voy por mí y me regreso. Vuelvo a estar completo, ya conmigo y sobre el mundo.

La montaña rusa

De la feria, se convirtió en mi juego favorito la montaña rusa.

No he podido encontrar sustituto a la indescriptible emoción de la caída, esa inmensa marejada que, de súbito, invade el pecho y el abdomen para luego retraerse y ceder su espacio a la sensación contraria: la calma.

Entre vaivenes, subidas y bajadas se experimenta, mediante el juego, aquello en lo que se puede convertir la vida.

A cuanta montaña rusa, en cuanto parque visité, me subí y, si se podía, me bajaba al terminar para subirme nuevamente hasta sumar muchas veces en un día. Visité todos los parques que pude. También monté en mi mente aquellos juegos cuya fama trascendía, ubicados en lugares, incluso épocas, que nunca conocí. Si hubiese podido, hubiera hecho turismo de montañas.

Tanto juego, tanto viaje y tanto ensueño pienso que sirvieron de preparación para los días que hoy vivo, en los que debo mantener la calma mientras monto varias montañas de emociones  a la vez al tiempo que, como en aquellos días de esparcimiento, esbozo mi sonrisa.