Estábamos en prepa y yo ya me la pasaba meditando sobre lo absurdo que me parecían muchas cosas. Desde entonces captaba que, al final de cuentas, vendría la muerte, por lo que casi todo era solo vanidad.
El poder no me interesaba; el dinero, tampoco. ¿Estudiar una carrera? ¿Para qué? ¿Para perder mi vida dedicado a una profesión nomás porque era lo que debía? Eso estaba peor; de todos modos al final me iba a morir, pero después de llevar una vida aburridísima.
De cualquier modo, ahí como podía, cumplía con mis deberes de estudiante; iba a la escuela, medio tomaba las clases, intentaba poner atención en las mismas y trataba de cumplir con las tareas y los trabajos. ¿Y los exámenes? Esos también procuraba pasarlos como Dios me diera a entender
Creo que mi único verdadero interés escolar era seguir adelante, llegar al final y graduarme… aunque tampoco entendiera para qué.
Pero sí aprendí grandes enseñanzas que fueron los faros que me guiaron en la noche oscura de mis días.
Aunque no fui buen estudiante en términos ortodoxos, lo que tenía que aprender lo hice correctamente. Básicamente fueron las clases de literatura las que me dieron luz y me guiaron.
Mi primer gran recuerdo es un poema sobre Gonzalo de Berceo, que se refiere a él como “poeta y campesino”. Me invitó a vivir la vida guiado por el corazón y de manera sobria, sencilla.
Después llegaron las “Coplas de Jorge Manrique a la muerte de su padre”, que reforzaron mi entendimiento de nuestro efímero y veloz paso por este mundo, y la vanidad de tantas cosas.
Posteriormente, me atrajeron Tristán Tzara, quien me enseñó a divertirme con lo absurdo, y José Gorostiza, cuyo poema “Muerte sin fin” si bien nunca comprendí, sí pude sentir.
Al final, creo, cerró Ortega y Gasset, quien con su frase: “Yo soy yo y mis circunstancias”, me dejó reflexionando tantos años sobre el tema.
Pero el mayor chispazo vino cuando nos estaban enseñando el movimiento del Romanticismo y la maestra mencionó a Bécquer.
Si no recuerdo mal, en esa lección la profesora comentó que los autores románticos decidieron vivir la vida cruda, para poder escribir con conocimiento de causa sobre ella. Que, con ese fin, se adentraban en los más bajos lugares y convivían con gente de también baja ralea.
En ese instante, la maestra capturó por completo mi atención y pensé: “¡Bingo! Eso es lo que quiero. Quiero ser un romántico en silencio”
Y así comenzó mi aventura.



