
Cuando llegué al departamento de vidas perdidas, me dijeron un par de cosas que nunca olvidaré.
La primera fue que tenía que cambiar. Su argumento era irrefutable: mis mejores ideas me habían conducido hasta ese lugar.
La segunda fue que ellos me iban a querer, en tanto yo aprendía a hacerlo.
Unas semanas después, con mi vida puesta nuevamente entre mis manos, aunque en calidad de consignación, llegué a casa. Me recosté un rato en una cama y comencé a meditar sobre lo que recién me habían dicho.
«Muy bien», pensé. «Entonces, no me quiero», concedí. «Luego, lo que tengo que hacer es quererme». «Está bien», accedí.
Y, en ese momento, me surgieron dos preguntas: ¿A quién debía querer?, ¿Quién era yo?
“¡Madres!”, pensé con asombro al darme cuenta, en ese preciso instante, de que no tenía la menor idea de la respuesta.
Entonces, comencé a repasar la historia de mi vida. Había sido todo: rocker, fresa, banda, yuppie y hasta intento de hippie, entre otros.
Recordé un viejo edificio que años antes solía contemplar, entre intrigado y divertido, que había sido construido en diferentes etapas y con todo tipo de materiales; vidrio, cemento, ladrillo, block, acero y madera formaban parte de su sui géneris estructura.
Pensé que aquel inmueble bien podría ser yo. Entonces, especulé que lo que tendría que hacer sería derruirme, hasta llegar a los cimientos para, posteriormente, poderme reconstruir. Esta vez, de manera sólida y congruente.
Así fue como comencé el viaje a mi interior. Ideé la siguiente estrategia: comenzaría por analizar mi personalidad en aquel momento, tratando de entender quién era (o quién creía que era) y cómo había llegado ahí. Al mismo tiempo, haría una reconstrucción cronológica de mi vida, partiendo del momento de mi nacimiento hasta llegar al tiempo en que coincidiera con el análisis regresivo. Pensé que quizá en el punto en que se juntaran ambos caminos, podría encontrarme a mí mismo y saber quién era en realidad.
Comencé a trabajar denodadamente en esto. El primer resultado no tardó en llegar. Bastó un rápido análisis para darme cuenta de que me había quedado atorado entre los catorce y los diecisiete años.
Sin embargo, aunque logré ubicar con relativa rapidez el tiempo de mi extravío, tuvieron que pasar muchos, muchos años para que pudiera volver a mí y, así, empezar a quererme nuevamente.
Gracias por compartirlo.
Me gustaMe gusta