
Foto de Nicolus Kazablanca en: https://www.pexels.com
Esta mañana, al rellenar mi salero con mi preciada sal de las costas de Guerrero que tengo guardada dentro de una bolsa Ziploc en su costal original, me sorprendió notar algo que, por cotidiano, no recuerdo que antes haya llamado mi atención: la sal se encontraba tan húmeda que convivía con un poco de agua.
Lo primero que pensé fue: qué curioso mineral que reclama tanto para sí la humedad que en el ambiente hay.
No el azúcar, no la harina, ni siquiera el pan… la sal. Ningún otro ingrediente en toda mi cocina anhela más el agua, y hace alarde de la que pueda captar.
O quizá no es alarde, tan solo la imagen visual del gozoso encuentro de dos simbólicos amantes.
Y esto me llevó a reflexionar: ¿Cómo es, entonces, que este mineral, tan amante de la humedad que hace perfecto maridaje con la mar, se halla tan presente en aquel lugar?
Quizá, después de todo, no sea solamente casualidad.